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El Brasil que viene

by • 1 septiembre, 2016 • LatinoaméricaComments (0)

Las cartas están echadas, y lo que queda es mejorar la puesta en escena. Esa sería, a prima facie, la impresión más o menos generalizada en torno a la defensa que la presidenta suspendida Dilma Rousseff ejerció ante el Senado Federal brasileño.

Durante largas horas de defensa, Dilma mostró una faceta suya completamente ausente en sus dos mandatos: la de oradora política. Insospechadamente, ejerció una discursividad agresiva pero no chocante, con un alto nivel de lucimiento y capacidad para herir la posición política de sus rivales. Aunque en forma sumamente tardía, Dilma hizo énfasis en la naturaleza política del juicio, sus vaguedades técnico-jurídicas, la conducta de su vicepresidente, el rol del ex diputado Eduardo Cunha y los efectos que tendría su destitución en el sistema político. Tranquila, desafiante y hasta de un buen humor impropio de su fama personal, reconocida por seria e intemperante, impactó favorablemente en la arena del Senado, mucho mejor que las diatribas entusiastas y fieles, pero no por eso eficaces, de los líderes de la “resistencia” petista, los senadores Gleisi Hoffman y Lindergh Farías. El plan original de defensa, ejercida por el ex ministro de Justicia José Eduardo Cardozo, era enfatizar la debilidad de los argumentos jurídicos basados en las “pedaladas fiscais” en violación a la Lei de Responsabilidade Fiscal. Sin embargo, la defensa de Dilma dejó al descubierto un metamensaje poco halagador para el PT: la consustanciación de un discurso “para la Historia” más que para el Senado, para la posteridad, más que para conquistar voluntades y dar vuelta la votación. La admisión tácita de que el partido está jugado. Lo que quedaría es el trazado de un plan de salida con dignidad, quizás con la idea de utilizarlo como discurso victimista en las más que cercanas elecciones municipales. Más a largo plazo, el fomento de un “espíritu de agravio” que facilite las posibilidades de aumentar el precio de los votos petistas en el Congreso en la negociación de leyes con el gobierno de Michel Temer, y eventualmente, dar fondo al discurso de precampaña de la candidatura de Lula para 2018.

El repliegue de banderas de lucha por parte del PT en el juicio político no comenzó con el discurso de Dilma, sino que quedó evidenciado días atrás, cuando el presidente nacional de la formación se negó a secundar la propuesta de convocatoria a referéndum sobre el tema que hizo la presidenta suspendida para zanjar su situación. La vida (política) sigue, y el PT,debilitado y con su principal activo, Lula, en la mira de la justicia,  no puede emprender una “guerra santa” contra el sistema político a 45 días de unas elecciones municipales que se prevén dolorosas para el centroizquierda brasileño. El gobierno de Temer, en todo momento ofreciendo las más diversas prebendas y siendo víctima de las más diversas y estrafalarias peticiones a cambio de voto, articuló la recolección de voluntades para el juicio político. En los cálculos oficiales, entre 57 y 59 votos estarían asegurados, más que los 54 necesarios para destituir a Dilma. La ponencia de la presidenta poco haría para revertir voluntades, pero sí lograría en principio evitar el mejor escenario deseado por el temerismo: la conquista de 62 votos, alcanzables con el favor del presidente de la Cámara Renan Calheiros (PMDB-Alagoas), Otto Alencar (PSD, centroderecha, Bahìa) y Telmario Motta (PDT, centroizquierda, del ganadero estado de Roraima). De los tres, Motta ya dio señales de voto adverso, luego de facilitar la apertura del proceso, disconforme con las ofertas que el gobierno Temer le hacía llegar.  Calheiros, con una histórica mala relación con Temer, seguramente votará a favor en procura de alinearse con el nuevo poder para salvar su posición personal, más cuestionada que la de otros por su visible cercanía al lulismo y distancia con el presidente en funciones. La fe de los conversos, básicamente. Alencar, por su parte, forma parte del “Centrao”, ese bloque inestable de partidos políticos de tendencia conservadora, que hoy buscan sacar todo el redito político posible a los pactos con Temer. Para este colectivo de 13 partidos políticos de mediano y pequeño porte, que otrora tuviera al ex presidente de la Cámara de diputados Eduardo Cunha como su bastonero principal, el PT tiene poco que ofrecer, y su relación con Temer, mucho para extorsionar. Temer lo sabe: de ahí la designación como jefe oficialista en la Cámara Baja del polémico André Moura, del evangelista Partido Social Cristao.

La estabilidad del gobierno Temer, por tanto, depende de su capacidad de aprobar reformas estructurales en un Parlamento sumamente fragmentado y volátil, con más de 30 partidos representados. La madre de todas las batallas será la denominada “PEC de teto de gastos”, una enmienda constitucional que propone el gobierno para constitucionalizar los límites del gasto público, y atar su expansión a la inflación. El gobierno desea su aprobación para dar señales de confianza a los mercados de que esta vez, el ajuste va en serio.

El oxígeno del triunfo final sobre Dilma durará poco en el ecosistema de Temer, plagado de interinidades políticas. El gobierno enfrentará en 40 días las elección municipales, que prometen una enorme fragmentación y están teñidas de un gran clima de anti política: en tres grandes capitales, el evangelismo político está liderado la campaña, con Joao Leite en Belo Horizonte, Celso Russomano en San Pablo y Marcelo Crivella en Río de Janeiro. La fragmentación facilita la perspectiva de segundas vueltas electorales: entre 2000 y 2008 hubo entre 11 y 14 capitales de Estado que definieron su alcalde en ballotage, lo que contrastaría con 2016, donde se prevén al día de hoy por lo menos 20 sobre 26 escenarios posibles de segundas vueltas. De todas maneras el fenómeno no sería absoluto: de los 20 prefeitos que buscan la reelección en capitales de Estado, 13 lideran las encuestas de opinión, contra 7 que no lo hacen. El juicio político y la crisis económica tuvo un duro efecto sobre el PT, redundando en su aislamiento incluso en geografías favorables, como el nordeste. Allí, en  las 15 principales ciudades, el lulopetismo ha perdido fuerza de manera notable. En Salvador, capital de Bahìa, histórico granero de votos del PT, la formación roja había contado con una amplia coalición de 14 partidos en 2012; en 2016 no tiene siquiera candidato. Lo mismo ocurre en la cuarta ciudad de la región, Sao Luis, capital de Maranhao, donde en 2012 el PT se había presentado con una macrocoaliciòn de 13 partidos. Este año, el partido de Lula tampoco comparecería allí. Hoy, apenas si el partido de Lula logra liderar en Recife, capital de Pernambuco (y con empate técnico en las encuestas). La perspectiva es igual o peor en el resto de Brasil.

Sin embargo, la época de publicidad en radios y televisión recién está comenzando, y dicho elemento puede cambiar toda la campaña, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayor cantidad de tiempo de publicidad suele estar en mano de partidos más enraizados, más que en los “nuevos” candidatos. Un ejemplo es Sao Paulo, donde el antipoliticismo evangélico de Celso Russomano lidera las encuestas. Allí, el PSDB de Joao Doria y el PT del alcalde Fernando Haddad, con críticas perspectivas en los sondeos, concentran  mayoría de minutos en radio y televisión. Russomano está cuarto en el reparto. Si se atiende que desde 1992 Sao Paulo elige a su alcalde en segunda vuelta, la campaña tiene aún margen para sobresaltos. De hecho, si tomamos Sao Paulo, Río de Janeiro, Belo Horizonte y Porto Alegre, las principales urbes del vecino país, en 2 de cada tres elecciones municipales desde 2004, el candidato con mayor tiempo en TV y radio gana la elección. En 2008 y en 2012, los candidatos con mayor tiempo de publicidad, llegaron, como mínimo, a la segunda vuelta.

El juicio político, como el suicidio de Vargas, el golpe de 1955 o el de 1964, seguramente pasará a la historia como un parteaguas de la tradición política brasileña, cuyas consecuencias concretas aún no se vislumbran. Una época está llegando a su fin, con sus estructuras, sus símbolos y su sistema de representación y relaciones. Concluido el proceso, solo quedan preguntas en el aire. 

Por Patricio Gómez Talavera

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