Las muchas crisis del petróleo en Latinoamérica

by • 28 marzo, 2016 • Latinoamérica, MundoComments (0)

Los polos más extremos de esta realidad son, por supuesto, Chile y Venezuela. El primero es importador neto de crudo y nunca había pagado la energía tan barata; el segundo depende para crecer de sus exportaciones de oro negro y el hundimiento de los precios lo está castigando con una dureza insólita.

El contexto político de Chile es tenso por culpa de la emergencia de escándalos de corrupción (en junio, tuvieron que dimitir todos los ministros del Gobierno), pero la estabilidad económica, el empleo y la inflación están relativamente controlados si los comparamos con los de los países vecinos.

La situación en Venezuela es totalmente distinta, porque se encuentra, según el think tank estadounidense Stratfor, al borde de la suspensión de pagos mientras la inflación roza el 300 por ciento y el PIB se contrajo en 2015 alrededor del 10 por ciento. Los expertos no esperan que Caracas tenga ni el tiempo ni la capacidad de lograr amplios consensos políticos para reformar con medidas impopulares los pilares de la economía del país y evitar así el colapso. Viven a contrarreloj y la sociedad civil está demasiado polarizada: los desórdenes se suceden en las calles y la oposición al presidente del Gobierno, Nicolás Maduro, ganó por mayoría absoluta las elecciones parlamentarias de 2016.

El desplome del crudo no es el único origen de la tormenta perfecta que vive, tristemente, Venezuela. Nunca habría tenido consecuencias tan devastadoras si no lo hubiera precedido una escalada previa que convenció a las autoridades de que el gasto público podía incrementarse febrilmente sin consecuencias. El precio del barril trepó un 40 por ciento entre 2009 y mediados de 2014, y se ha precipitado más de un 60 por ciento desde entonces. En los últimos seis años, recuerda Miguel Ángel Santos, investigador principal del Centro de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, “Venezuela acumuló déficits anuales de dos dígitos y antes, entre 2006 y 2012, había multiplicado por seis su deuda externa”.

El daño que puede provocar la volatilidad de los precios de la energía en economías poco diversificadas no se debe subestimar en Latinoamérica. Los shocks petroleros de los setenta que propulsaron el barril desde los 19 dólares en 1973 a más de 115 dólares en 1980 allanaron el camino para una vertiginosa acumulación de deuda externa en dólares que desató pocos años después la quiebra o, como mínimo, una década perdida para el desarrollo y la prosperidad de México, Brasil, Argentina y Venezuela. Las cifras de pobreza dejaron una herida imborrable para millones de familias que apenas habían tocado con los labios la miel del bienestar.

Diversificar para sobrevivir
Chile tomó buena nota de aquello y en parte por eso ha evitado que el resquebrajamiento de la minería, su principal industria, lo arrastre hasta el precipicio. Según Alfredo Arahuetes, decano de la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE) y experto en Latinoamérica, “el país es un buen ejemplo de una economía diversificada que no se hundió cuando la reducción del consumo mundial –de China sobre todo– hizo que cayera el cobre, que representaba más de la mitad de sus exportaciones”.

En los dos derrapes fuertes del mineral de los últimos años (en 2008 y 2011), su producción y extracción concentraban menos del 15 por ciento del PIB de Chile y alrededor del 50 por ciento de sus exportaciones. El golpe fue duro pero menos duro que en Venezuela, donde el petróleo es el único motor de más del 90 por ciento de las exportaciones y, según unas cifras oficiales que podrían subestimarlo, una cuarta parte del PIB.

Otra fortaleza que destaca el experto de ICADE de la economía chilena son “unas finanzas públicas saneadas que permitieron estimular la demanda en el momento de la crisis”. Aunque la deuda del Estado se ha multiplicado por más de tres desde 2008, lo cierto es que partía de un tímido 4,9 por ciento. La de Venezuela, según unos números oficiales que algunos analistas consideran demasiado bajos, ha crecido a un ritmo parecido pero en 2008 era casi seis veces mayor que la chilena.

Por si fuera poco, zanja Arahuetes, “la situación venezolana se ha agravado por la inseguridad jurídica, que ha expulsado a los inversores privados en general y a los extranjeros especialmente”. Según Doing Business, el informe del Banco Mundial, Venezuela es uno de los tres países del mundo donde resulta más difícil hacer negocios. Chile se encuentra entre los 50 mejores del ranking. 

Todo eso significa que la actual crisis del petróleo alienta una tormenta perfecta en Caracas al mismo tiempo que les brinda a los chilenos un balón de oxígeno en medio del descontento político y de un crecimiento que ha perdido fuelle. El abaratamiento de la energía ha reducido sus costes de producción, ha contribuido a mitigar una inflación que de todos modos es demasiado alta –supera el 4 por ciento–para una economía que apenas crece el 2 por ciento y ha moderado la caída de la renta disponible. La gente no vive mejor que hace dos años pero el barril les ha ayudado a digerir el malestar con sus dirigentes y el terremoto en uno de los cimientos tradicionales de su prosperidad: la industria del cobre.

La experiencia de Brasil reúne elementos de Venezuela y de Chile. Aunque sus exportaciones están diversificadas desde el punto de vista de la energía (el petróleo apenas representa un 5 por ciento), también es cierto que sus otros pilares son productos como la soja o el mineral de hierro y que su principal cliente ha sido tradicionalmente China, un importador que, al igual que en el caso del cobre chileno, ha empezado a consumir menos y, por tanto, a deprimir los precios. También coincide con el país presidido por Michel Bachelet en que la valoración de los líderes políticos es baja y en que los casos de corrupción y malas prácticas han recortado seriamente la estabilidad del Gobierno. La gestión de Bachelet la aprueba menos del 30 por ciento de los chilenos y la de Dilma Rousseff, que corre el riesgo de ser destituida, menos del 40 por ciento de los brasileños. 

La estabilidad de Brasil
La relativa estabilidad del gigante carioca en mitad del vendaval petrolero se explica, según Miguel Ángel Santos, “por la diversificación de su economía y la fortaleza de su mercado doméstico”. Hablamos de uno de los mayores productores del mundo en una amplia gama de artículos (desde productos agrícolas a minería, productos intermedios y manufacturas) y de una potencia que, a pesar de eso, no depende de sus ventas en el extranjero porque representan, en total, menos de 12 por ciento del PIB. Por supuesto, eso no significa que la crisis que ha reducido la demanda de energía y de otras materias primas no le haya clavado su puñal. La explotación de los bloques de Presal, que iba a catapultar la producción petrolera brasileña, ha tenido que retrasarse hasta que el barril vuelva a acariciar los 60 dólares. El crecimiento económico lleva en negativo desde finales de 2014.

México se ha encontrado con unos problemas similares a los de Brasil con el Presal. Su histórica apertura petrolera, que empezó a afectar a los inversores extranjeros y privados el año pasado, ha sido recibida con frialdad por el mercado debido, sobre todo, al desplome del crudo. El 15 de julio, las autoridades anunciaron que únicamente habían conseguido adjudicar dos de los cuatro bloques que esperaban ‘colocar’ en la primera de las cinco convocatorias de la Ronda Uno. Solo nueve de las 24 empresas y consorcios precalificados presentaron ofertas para participar en esa licitación.

Miguel Ángel Santos, investigador principal del Centro de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, cree que esto supuso una gran decepción porque la liberalización ha llegado en el peor momento. Sin embargo, añade, “lo bueno es que México, aunque se perdió los años del boom de las materias primas mientras otros se beneficiaban, apostó por diversificar su economía y eso significa que la caída del petróleo le está afectando mucho menos”.

La potencia azteca lleva diez años reduciendo su producción petrolera y el oro negro representa poco más del 10 por ciento de sus exportaciones frente al 40 por ciento que suman en total los vehículos y los equipos electrónicos. El país depende menos de sus ventas en el extranjero, que en total alcanzan al 30 por ciento de su PIB, que de un vigoroso mercado doméstico en el que los servicios generan más de un 60 por ciento de la riqueza nacional. El consumo privado, ayudado del abaratamiento de las importaciones, ha sido capaz de compensar las dificultades del sector exterior y por eso el crecimiento económico superó en 2015 el 2 por ciento. Los expertos de Focus Economics esperan que se acelere este año aunque el crudo siga bajando.

A diferencia de México, las reformas liberalizadoras de Colombia  llegaron en buen momento y propulsaron la producción de crudo cuatro años después de que se aprobaran en 2003. Algunas medidas, como la creación de un regulador para los hidrocarburos independiente del monopolio público Ecopetrol, se parecían a las del país azteca. Otras eran más atrevidas como la privatización parcial del monopolio (se deshicieron de un 10 por ciento) y ofrecer la posibilidad de que los inversores extranjeros no tuvieran que asociarse ni con Ecopetrol ni con un inversor local para operar.

La explosión de Colombia
Los resultados fueron apabullantes. La inversión extranjera del sector hidrocarburífero casi rozó los 5.000 millones de dólares en 2013 y, entre 2007 y 2014, el país pasó de extraer 600.000 barriles diarios a extraer alrededor de un millón. Como la inmensa mayoría se la compraron fuera, el petróleo –si sumamos el crudo y el refinado– acabó representando casi la mitad de las exportaciones.

Desafortunadamente para Colombia, el actual desplome del precio, el previsible agotamiento de las reservas en 2020 y la caída de la demanda en otra materia prima que también produce con fuerza, las briquetas de carbón, han conspirado para que el crecimiento del PIB se redujera a la mitad desde 2014 aunque la economía se expandió por encima de un 2 por ciento en 2015 y se espera que siga así durante los próximos dos años. Cuando Bogotá intentó adjudicar sus pozos en el verano de 2014, al igual que México un año después, se encontró con que las compañías no pujaron ni siquiera por uno de cada tres bloques petrolíferos. Y eso ocurría cuando el derrumbamiento del barril apenas había comenzado.

A pesar de todo esto, la gran incógnita de la región no es ni el final del crudo colombiano antes de que termine esta década ni el futuro de la liberalización mexicana. Los dos grandes enigmas son las consecuencias de la inestabilidad en Venezuela y la evolución de Argentina tras las elecciones que han reemplazado a la progresista Cristina Fernández de Kírchner por el liberal Mauricio Macri.

Desde 2012 hasta 2015, Kírchner, tras constatar que su país había pasado de exportador a importador de hidrocarburos, reforzó los incentivos a la inversión en el sector petrolero mediante exenciones fiscales y facilidades para explotar pozos offshore, pero el resultado fue muy pobre: tan solo una firma europea se sintió tentada por las ayudas (BASF), únicamente dos compañías extranjeras se decidieron  a operar allí por primera vez (la rusa Gazprom y la malaya Petronas) y son muy pocos los programas de incentivos que han sobrevivido al desplome del precio del petróleo. La inseguridad que despertó entre los inversores extranjeros la renacionalización de YPF a costa de expropiar a Repsol tampoco ha tranquilizado a unas empresas que no saben cuál será el siguiente bandazo regulatorio. O si el nuevo presidente acabará con los bandazos. 

(Por Gonzalo Toca)

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